Día 4 de cuarentena (17/03)

Hoy, amaneció diluviando. Parece que la naturaleza quiere sanar todo lo que pueda la Tierra antes de que volvamos de nuevo a las andadas. He leído unas frases que me han hecho reflexionar: “Y, mientras nosotros estamos encerrados, las aguas vuelven a cristalizarse, el aire se despeja, los árboles dejan de ser talados y los animales podrán habitar en paz por un tiempo. No sé si será el mejor momento para decirlo, pero la naturaleza es tan mágica que ella misma está limpiándose del mal que le hicimos. Estamos viviendo algo histórico: el año que la Tierra solita obligó al mundo a detenerse.”

Mientras, nosotros nos quedamos en casa, asomados por la ventana y viendo un mundo totalmente desconocido. Las calles desiertas, la carretera con uno o dos coches y, en el caso de que veas a alguien son los “afortunados” que tienen un perro o que van a salir a comprar y se permiten un poquito de aire para coger fuerzas y volver al encierro.

Son las 9,30 horas de la mañana y mi hija (de seis meses) ya está llorando. Sin duda, es la que peor está llevando esto. Mi marido, saca a pasear al perro el máximo de tiempo que puede, por lo que, tanto perro como marido, se desahogan un poco paseando y se airean. Yo, echo de menos salir a la calle pero soy una persona muy casera y adoro estar en casa, por lo que llevo bastante bien el quedarme aquí.

Sin embargo, mi hija es como su padre, una callejera de cuidado. Antes de que todo esto pasara, se ponía a llorar a las 11 de la mañana pidiendo salir a la calle, por lo que esto para ella está siendo muy complicado.  Aun así, doy las gracias de que esto sucediera ahora y no cuando tuviera un año o dos porque si no me volvería loca.

Hoy, me voy a tomar el día tranquilo. Recojo algunas cosas de la casa, me cambio de ropa y también a la niña (muy importante en momentos así, quitarse el pijama y ponerse algo de ropa de calle) y me siento en el sofá con el ordenador a leer cosas pendientes desde hace tiempo, a jugar a un juego “friki” que tenía olvidado, etc. Pongo a la niña junto a mí en su hamaca con algún juguete y, tras varios minutos luchando para que se duerma, lo consigo. Por lo que ahora mismo estoy de diez; el perro encima de mí “dándome amor”, como yo digo, la niña a mi lado dormida y un poco de calma en este momento apocalíptico que nos ha tocado vivir.

Benditas videollamadas que nos permiten conectarnos con los que más queremos. Hoy la hago con mi padre, que le ha tocado vivir esto solo en su casa sin más compañía que su ordenador y las videollamadas con sus hijos. Y, también con mi hermana, que hace malabares por tener entretenidos a sus cuatro hijos.

Es por la tarde y mi hija vuelve a llorar de nuevo, rogando un poco de calle, de aire, de diversión y entretenimiento. Pero solo se encuentra con su madre haciéndole algunos ejercicios de estimulación para intentar cansarla un poco. Ella se niega, moviéndose enfadada y acaba llorando más que antes. Me mira buscando un poco de compasión pero hoy no puedo ni ponerla junto a la ventana a que le dé el aire ya que sigue lloviendo.

Esta cuarentena saca lo peor de mí a veces. No soy una persona envidiosa pero en momentos como estos estoy aprendiendo lo que es. Vivimos en una casa sin balcones, jardines ni azoteas y, aunque hoy no es el día más práctico para tener uno ya que llueve a cántaros, echo TANTO de menos tener un sitio donde poder estar al aire libre. Y pensaréis: “si antes has dicho que llevabas bien esto”. Y es cierto pero, ¿cuánto va a durar esto? ¿cuánto tiempo estaremos mi hija y yo sin salir? Ayer, directamente abrí la ventana y nos dio el sol. Pero, los que tienen balcón, azotea o jardín siguen siendo mis peores enemigos durante esta cuarentena. Qué le vamos a hacer, siempre hay que aprender y mejorar cosas y esta vez me toca trabajar la envidia (jejeje).

Soy enemiga del deporte, sé que es necesario pero nunca me ha gustado. Me tranquilizaba pensar que algo estaba haciendo porque todos los días paseaba a mi hija y al perro por lo menos una hora. Pero esto, por el momento, se ha acabado. Así que, mi señor esposo no para de insistirme en que hay que hacer algo de deporte, por lo tanto, accedo a hacer algunos ejercicios de estiramiento, flexibilidad y un poco de cardio. Me rindo pronto porque…

¡Ha llegado el momento de los aplausos! Es uno de mis momentos favoritos del día, muchos vecinos se asoman a aplaudir, ya se suman otros con pitos y cacerolas buscando agradecerles a todos los sanitarios la labor que hacen por nosotros. Mientras aplaudo, voy agradeciendo no solo a los sanitarios, sino también a cualquier personal que hace posible todo esto, tanto limpiadoras del hospital, como los que van a trabajar a las fábricas para que tengamos todo aquello que necesitamos, los repartidores, los policías que están en la calle intentando que todos cumplan con su tarea de quedarse en casa, etc. Estaré olvidando a muchos y lo siento.

Vivimos en un mundo cada vez más individualizado pero, cuando pasan cosas así, te das cuenta de la gran cadena que somos, donde todos dependemos de todos. Ahora mismo son unos pocos los que tiran del carro de tantísimas personas y, con estos aplausos quiero darles las gracias a todos y cada uno de ellos.

Sigo aplaudiendo… y pienso que los aplausos no sirven solo para agradecer. También nos ayudan a desahogarnos un poco, a tener algo que hacer a una hora pautada ahora que podemos sentirnos perdidos por no tener los días llenos de horarios y rutinas tan marcados como antes.  Ahora, solo queda esperar en casa. Todos aplaudiendo, transmitiendo que, aunque cada uno estemos en nuestras casas, no estamos solos, ellos están ahí, que no olvidemos que somos un vecindario, una ciudad, un país. Que no nos sintamos solos porque estamos todos juntos en esto…

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