El sistema no me deja creer

Hoy, como la mayoría de los días de mis 24 años de edad, he estado estudiando. Y lo hago con desesperanza y agotada al pensar que lo que he hecho profesionalmente en mi vida ha sido eso, estudiar.

Nunca he sido una estudiante destacada, tampoco he puesto todo el esfuerzo que hubiera podido ya que siempre me ha costado mucho el sentarme a estudiar y permanecer horas sentada intentado memorizar de “pe a pa” el material que tenía que estudiar para luego “escupirlo” como si fuera un papagayo. Pero sí, me he sacado mis estudios a curso por año, aprobándolo todo excepto el último año de mi carrera que tardé seis meses más en graduarme. ¿Por qué os cuento esto? Pues para que sepáis que no he sido una alumna que ha repetido cursos y que, a pesar de eso, aún me queda un año y medio para terminar todos los estudios que necesito cursar y poder trabajar en aquello en lo que me gusta.

Desde los dieciocho años he tenido claro que quería trabajar y que cuanto antes lo hiciera mejor. He sido de esas personas que prefiere el trabajo al estudio. No me gusta estudiar, ni tampoco que el sistema categorice a las personas según la cantidad de información que pueda memorizar en su cabeza para poder conseguir una buena nota. Opino que no emplean las estrategias de evaluación correctas ni tampoco enfocan bien el método de enseñanza. ¿Para qué memorizar sin más la información cuando estamos en una era en la que conseguimos todos los datos que queramos con solo un clic? Ya se están empleando otros métodos de enseñanza en algunos colegios de infantil y primaria pero, ¿qué pasa con los institutos, las universidades, los centros de estudio? ¿Conseguiremos evolucionar? El aprendizaje tal y como se plantea actualmente es muy muy aburrido.

A pesar de mi odio hacia el estudio decidí realizar una carrera porque, como me pregunté a mí misma con dieciocho años, ¿quién eres sin una? Y, así es el sistema, te obliga amablemente a estudiar porque si no tienes un título que colgar en el despacho no eres nadie. Ahora, no me arrepiento porque encontré mi verdadera vocación, la psicología infantil pero, aún no he llegado hasta el final del camino, no he conseguido trabajar en aquello para lo que me he preparado desde que tenía tres años de edad cuando comenzaron mis estudios ¿Quién sabe si al decidir no realizar una carrera hubiera encontrado algo que me encantara y que no me hiciera esperar tanto ni me obligara a superar tantos trámites y obstáculos?

Esta horrible era de la “titulitis”… Recuerdo que, a principios del último año, me preguntaron si estaba ilusionada por terminar el grado, no pude evitar suspirar amargamente y contestar: “¿por qué, si después de eso tengo que hacer el máster para habilitarme y luego, la especialización?” Terminar la carrera no era el final del camino, sino un tramo más que cruzar donde aún se veía lejos el final. Actualmente, para poder ser psicólogo clínico debes hacer el grado en Psicología, una especialización donde profundizar y aprender realmente aquello en lo que te quieres dedicar y, por último, el maravilloso máster habilitante que cada vez se encuentran en más y más profesiones. Un máster que no te enseña nada y que es un repaso de los cuatro años anteriores de grado. Preguntaréis, ¿entonces por qué lo han puesto? Pues eso mismo me pregunto yo desde que lo empecé hace seis meses y he llegado a la conclusión de que no quiero conocer la razón porque seguramente me creará más desesperanza de la que ya tengo del sistema.

Algunos pensarán que una opción hubiera sido no hacer el máster y trabajar sin más, ¿verdad? Pero sin ese “papel” no tendría la posibilidad de acceder a muchas ofertas de trabajo y montar mi propio centro sin el título me hubiera podido llevar a una inhabilitación profesional y, después de tanto esfuerzo y gastos económicos no iba a permitirlo. Cada vez más se organiza el sistema para que los estudiantes paguen más y más. Un grado o máster no te abre tantas puertas como antes sino que para cualquier cosa debes tener uno título de algo, o dos, o tres…

Acabaremos teniendo un currículum que ocupe cinco hojas de todos los grados, másteres y cursos que vayamos acumulando porque, así se organiza ahora todo. Cuando hablo con adolescentes que tienen una gran dificultad a la hora de estudiar me cuentan la gran desmotivación que tienen ya que se encuentran ante esa presión y obligación de estudiar una carrera y el camino se les hacer largamente insoportable. ¿Cómo podemos esperar que los estudiantes estén motivados cuando, a medida que pasan los años, se pone todo más difícil para ellos?

Haciendo cálculos, descubrí que no voy a finalizar los estudios que necesito para ser Psicóloga clínica infantil hasta que cumpla los 26 años. ¡Me parece una barbaridad! Cada vez se alargan más los trámites de estudio, comenzamos nuestra carrera profesional más tarde y, como consecuencia, el casarse y tener hijos se queda olvidado en un segundo plano donde te lo empiezas a plantear cuando ya tienes los trentaitantos.

Y yo, que a muy temprana edad ya quería trabajar y dejar los estudios atrás, sigo esperando a que eso suceda, desmotivada, impaciente y desesperada y, aunque sé que no voy a poder cambiar el planteamiento del sistema educativo actual con este post, busco hacer consciencia de la situación actual en la que nos enfrentamos los estudiantes y que no nos describan como “esos flojos que solo quieren estudiar y vivir a costa de sus padres”. No generalicemos porque somos muchos los que ya estamos preparados para enfrentarnos al mundo laboral y no se nos permite llegar a él.

Y, quiero finalizar con una viñeta de Mafalda, donde Quino denuncia la realidad del mundo de forma irónica.

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